lunes, 2 de marzo de 2020

escribe Onfray

Esta tarde he empezado el libro de Michel Onfray Política del rebelde, y en la página 45 escribe algo en lo que yo llevo ya casi un año obsesionado: "(...) la genealogía del arte político posterior a Auschwitz (...) expresa el deseo y la necesidad de no convertir la experiencia del campo de concentración de ayer en un objeto de reciclaje onanista para los aficionados a la teología negativa o la teodicea negra, sino en ocasión de pensar todas las formas concentracionarias posteriores a la liberación de los campos nazis, por doquier, incluidas las catedrales de dolor que son las fábricas, las empresas y otros lugares organizados y gestionados por el capitalismo. No me habría atrevido a esta aproximación si el propio Antelme no me hubiera proporcionado la fórmula."

domingo, 1 de marzo de 2020

A veces me imagino de niño, con esos ojos inciertos, era un niño sencillo, y me gusta conservar esa sencillez. Y quiero decir esto con esa misma mirada, desde abajo y apuntando arriba, como cuando miraba el mundo ajetreado de los mayores, que parecía maravilloso. Hay hombres que no soportan la libertad de las demás expresiones del deseo, especialmente la libertad y deseo de las mujeres, o cualquier otra que ponga en peligro su tórrida masculinidad. Son los mismos que consideran que el placer anal es cosa de maricones, la intimidad es un trámite patológico, o que la vida es una competición. Cuanto más libres las ven más sumisas las desean y todavía aumenta más el anhelo de humillarlas, y poseerlas para marcarlas como bueyes con la culpa y la vergüenza. En un tiempo utópico llegaría un momento de grandeza y bella libertad que conduzca, como en las verdaderas revoluciones, directamente al tiranicidio; porque claro, si este no llegara, permanecería el liberticida.

sábado, 29 de febrero de 2020

Vengo por la rambla de la ciudad, es de noche, es la noche. Estoy cerca de casa, estoy aquí, cerca de todo, pero siempre vengo de lejos. Una vez escribí a la vuelta de un feliz viaje, algo paradójico que sucedió durante la cena: me miran y creen que existo. Y me vuelve a ocurrir en los buenos momentos, con amigos, con familia, cuando estoy cerca aunque distraído, irónico, distendido, animado, o cuando estoy tranquilo, sereno, moderadamente calmado, y de golpe surge la duda, el gusano devorando la manzana, y me pregunto si realmente estoy vivo. A un materialista y ateo como yo lo que le preocupa no es una estúpida y grotesca vida trascendente o sobrenatural que pueda dar sentido a la vida en la tierra, la vida física, sino el estar aquí y ahora en la existencia material, real, estar realmente vivo, con un cuerpo que sufre y goza, en conflicto con la finitud y la mortalidad, sin pulular en el tiempo vacío, sin limitarme a vegetar, como un condenado que espera la muerte. Paseaba por la rambla, y me decía, lo de escribir estas notas tiene algo de restitución, la restitución de una emoción, una imagen, un sentimiento reprimido, la restitución de un pensamiento ateo, materialista, libertino, ácrata, libertario, hedonista, en ocasiones poético y filosófico, un pensamiento, al fin, intolerable. Sobre todo, una restitución ontológica: verme yo mismo y saber que existo.

viernes, 28 de febrero de 2020

Chirigotas del Airon 2020. Los Masoquistas.


Sean las horas que repugnan por su mero pasar pero cuya huella no abandona jamás nuestro corazón, o porque no acaban de terminar nunca los oscuros días dedicados a la adoración insensata de los enamorados en su dimensión caricaturesca, la adhesión pueril y suicida a la monogamia de Razón o Tradición, el sometimiento gozoso y desvergonzado a la convención sentimental mayoritaria, celosa, posesiva, paranoica, histérica, narcisista, victimista, e incluso la impotencia de todas las formas alternativas, más o menos originales y estériles, contra los usos y abusos amorosos; la cosa finalmente es que uno sigue atrapado en la impotencia de lo privado y esa paradójica condición de insaciabilidad y agotamiento de la intimidad, en sus frustraciones personales excesivamente psicologizadas, el problema traumático de la sexualidad, en sus modos de autoexplotación emocional, tan bien fabricados socialmente, y en la asombrosa y sonrojante parálisis, como la de un castrado, que genera el desengaño amoroso. Metido a ello hasta el fondo, como un buen chico, solo en horario luminoso y diáfano de mañana, de 12 a 14. Luego tocan las cosas del comer, y eso de la literatura y el mar, los paseos y el pensar, y la luz, y la lucha sofocante y sorda, violenta y erosionadora de la existencia cotidiana. ¿En qué medida crucial y decisiva, estando a refugio material, físico y digestivo, uno es fundamentalmente víctima de sí mismo y su incontrolada pulsión borreguil de gregarismo lanar, sometidos voluntariamente a las lógicas del ganado, y su destino: el despeñaperros?

jueves, 27 de febrero de 2020

La clase de los delfines

Hace poco volví a la facultad de filosofía de la UB, había quedado con Nemrod para desayunar, un profesor de los pocos que no se ha convertido en una anguila de despacho, en un burócrata trepador de la cucaña o un miembro insigne de la policía cultural. Y mientras le esperaba observaba -había venido constatando durante el paseo por los barrios burgueses de Barcelona la lenta y sucia belleza de la ciudad- las pintadas reivindicativas de las paredes, las consignas y eslóganes ideológicos inscritos en el suelo, en la puerta de cristal, en las columnas, los carteles y murales, contra el feminicídio y contra el patriarcado, contra el capitalismo, la liberación del pueblo Kurdo, del pueblo catalán, algo más pragmático como lo de las elevadas tasas universitarias y alguna ordinariez de pollas gordas y fucks. Y me invadió ese inquietante sentimiento de un pasado recobrado, pero uno de esos pasados que no registras como plenamente vividos, ni propio, ni consumido, quizá por el agotamiento de las posibilidades que se ofrecían, inasumibles políticamente y económicamente, pero posibles, quizá por la frustración que genera el erial estudiantil y académico, lo que pudo haber sido, miserablemente, y nunca fue. Un pasado como ruina abierta ante el cielo, un inacabamiento que perdura en todo tiempo, aunque en este caso era un pasado mucho más sencillo, era una fábula moral de mi propia vida, en forma de vuelta a la escolarización, de la infancia escolar universitaria, como cuando ya de adultos volvemos descreídos, escépticos y distantes al colegio y la clase donde tomamos las primeras lecciones y nos viene como aroma del tiempo el aire de lactancia; antes incluso que los primeros contactos con la carne y la húmeda piel ajenas, el primer niño, la primera niña, nos viene ese invasivo y totalizador aroma lactante, porque de mantener  todavía la sensibilidad y la honradez lo invasivo del presente memorioso predomina frente a la nostálgica y difusa sensación del primer deslumbramiento, el primer descubrimiento de un mundo nuevo que se nos abre. La asfixia, el ahogo, lo claustrofóbico de la lucha entre distintas temporalidades se revela antes que la dulce melancolía de un pensamiento triste. La relativa pureza del acontecimiento, de lo que nos acontece, quizá la vivimos intensamente de niños, pero de adultos recordamos en función de la desublimada experiencia presente, de la pobreza y la precaria experiencia del presente. Ya no me sonrojé ante el terrible recuerdo de la puerilidad y solipsismo de la infancia, las causas reivindicadas en las paredes de la universidad eran una perfecta metáfora de esos murales coloridos bajo figuras del Bien pintados con alegría: soles amarillos, campos verdes, cielos azules y animalitos silvestres que decoraban los pasillos de los colegios, esas clases bautizadas con nombres de animales penosamente humanizados y personalizados: la clase de las mariquitas, el grupo de los delfines o las mariposas, o los leones. Eso mismo, sin rencores, sin resentimiento, aunque con un punto de distante arrogancia, es lo  que me sucedió al volver a la universidad, redescubriendo las nefastas consecuncias de la prolongación de la infancia en la institución académica. Noté la infantilización ya entre las relaciones personales y pseudoafectivas, en las reducidas concepciones de la industria cultural y la mafia académica, en la organización política estudiantil, en el sistema de evaluación, en la condición de finado del profesorado, más atento a las técnicas de tutoría y sutilezas pedagógicas, administración y gestión de los procesos de examinación continua, control y desarrollo del curso, a los modos de acreditación profesional, a las obsesiones del prestigio social, que del contenido intelectual, los conocimientos concretos, la memoria como aparato crítico, y la capacidad filosófica de los estudiantes. En un olvido completo de la desinteresada pasión por estudiar, el originario carácter hedonista y libertario de la filosofía, la relación del pensamiento con la vida y la muerte, la politización y la exigencia formal del debate, la conversación y el diálogo continuo y permanente, ocupando cualquier espacio, desacralizándolo, para realizarlos. Y lo crucial me lo dijo Nemrod: ese sentimiento de degradación es permanente, y una experiencia común de decadencia e indigencia se apodera de algunos profesores, algunos alumnos rebeldes, y los que huyeron para no volver o retornar fugaz e intermitentemente. Existe una diáspora invisible que algún día debería devolver el golpe contra la institución, al modo inconfundible y legítimo de la venganza.   

martes, 18 de febrero de 2020

Un hombre americano

Escribe la hermosa Mary McCarthy en sus Memorias... en ocasiones, de un clasismo atroz y brillante: 
Resultado de imagen de mary mccarthy" Myers era el perfecto ejemplo de hombre sin raíces y municipalizado que se complace con los residuos de la civilización industrial. Gozaba estando de pie en la acera y contemplando desfiles, cuanto más indescriptibles mejor, siendo su desfile favorito el del día del Trabajo, viniendo a continuación los militares, seguidos los desfiles comerciales con pancartas y muchachas con trajes regionales. Incluso iba al lago Calhoun o al lago Harriet para ver desfiles de carrozas en miniatura, y concursos de niños disfrazados de indios. Le gustaban los quioscos para bandas, los conciertos de las bandas, los parques públicos sin hierba, y le atraía el espectáculo de las avionetas escribiendo con humo palabras en el cielo. Inmediatamente se enteraba de propagandas de grandes almacenes, tales como la consistente en lanzar al aire burbujas de colores, anunciando una marca de jabón al son de Siempre soplando burbujas, cantado por una meliflua soprano. Coleccionaba cupones y papel de plata, montones y montones de papeles para el trapero ( con lo que obstaculizaba seriamente nuestra contribución a la campaña de recogida de papel organizada por la escuela), muestras gratuitas del queso Donaldson, entradas gratis a un cine de la vecindad para ver la primera película de un serial, y durante los años que vivimos con él jamás vimos una película entera, teniendo que contentarnos con aquellos truncados principios. También le gustaban los viajes en tranvía (¿se trataría de transporte público municipalizado?), los monumentos a soldados, los cementerios, y las flores grades y ásperas, como los amarantos, dispuestas en grandes parterres por jardines municipales. Los museos no le atraían, pese a que una noche fuimos, junto con una tremenda multitud, a ver al mariscal Foch, en la escalinata del  Instituto de Arte. Se pesaba constantemente en máquinas automáticas que funcionaban echándoles un centavo. Rara vez salía de casa como no fuera para uno de estos estériles propósitos, o `para ir al béisbol solo."



Limpia y cruel

 Del documental televisivo " El mito Deneuve". Catherine habla de su personaje Alice: 《El gran problema de Alice es que no es redo...