domingo, 8 de marzo de 2020

Paradojas

En nuestra realidad política heredera de la modernidad hemos recibido las típicas paradojas de la ilustración que se explicitan en una dialéctica de la ilustración, especialmente en el feminismo. Prostitución y burka, son el objeto de la querella. O bien el feminismo abolicionista las condena a ser libres o bien el feminismo posmoderno (relativista) les da libertad para elegir mejor la esclavitud. Curioso es esta, la tierra donde todavía moran y nos atormentan las antinomias de la libertad ilustrada. Una paradoja paralizante y sombría. Yo me inclino por una en concreto, pero no me atrevo ni a decírmela a mí mismo, porque no soporto a sus representantes.

sábado, 7 de marzo de 2020

El deseo no es un derecho

Me pongo a revisar artículos, libros, seminarios y conferencias de Amelia Valcárcel, Celia Amorós, Lidia Falcón y Ana de Miguel, todas representan ya sea desde la ilustración liberal o el socialismo democrático o directamente el marxismo, el feminismo de la tercera ola que se inauguró en los años sesenta y setenta, con Beauvoir como símbolo, supongo que desde una enunciación académica. La mayoría de ellas son feministas abolicionistas e institucionalizadas, pequeñoburguesas que actúan delante de otras señoras pequeñoburguesas que son las que pasan las tardes en los distintos edificios de la cultura institucional y de certamen. Esta tercera ola, mantiene un violento conflicto con el llamado feminismo de la cuarta ola: el feminismo queer, feminismo posmoderno, transfeminismo, o el feminismo postestructuralista. En estas conferencias se ha llegado a acusar a las activistas queer por defender la prostitución y la pornografía de ser el caballo de Troya de los proxenetas, y aún se dan respuestas a preguntas difíciles: ¿un discapacitado incapaz de satisfacer sus necesidades sexuales por sí mismo tampoco puede tener acceso a una puta (o en el lenguaje socialdemócrata: trabajadora sexual, o en su genealogía: mujer podrida)? Y la rotundidad asusta y entusiasma: "No! El deseo no es un derecho; para satisfacer los deseos de alguien no puedes esclavizar a otros". Valcárcel, de una inteligencia notable sólo comparable con su engolamiento, marca las distancias con los troyanos, con la alianza ruinosa: el feminismo es una teoría política y no una teoría sobre el deseo (¡y dice que es hegeliana, la tía, virgensita que me quede como estoy!) y de cómo este deseo debe poder expresarse; los problemas del feminismo para nada se resuelven en un debate entre vanguardias sobre las identidades sexuales o afectivas; el feminismo es un internacionalismo todavía sobre las libertades públicas mínimas y la formulación de derechos civiles allí donde nacer mujer es un verdadero infierno, pues la agenda feminista no está planetariamente conseguida, y una cadena es lo fuerte que sea el eslabón más débil, sigan con sus debates, eso hacen las vanguardias, pero no olviden el contexto general. Es una denuncia e impugnación claras: en la teoría queer hay una sustitución de la igualdad política y los derechos por múltiples identidades afectivas, por poner los cuerpos deseantes y sus modos de expresión en primera instancia: la sustitución de las mujeres como sujeto político por un conjunto de anhelantes cuerpos indiferenciados. Muchas veces esos deseos van en contra de los derechos y la verdadera igualdad y libertad política de las mujeres: en la puta se vulnera el derecho de filiación. Les parece evidente, ya que en la prostitución se ejerce una violencia simbólica y material (directa) sobre las mujeres, y pretender hacer pasar por una elección libre la prostitución es como aceptar conceptual y moralmente como libertad la introducción en la servidumbre voluntaria, fruto de la legalización de cualquier vieja práctica delictiva de explotación, blanqueada con los nuevos recursos estéticos de la publicidad. Esa prostitución además requiere de la pornografía como sucedáneo o manual de usos para el putero (que, en su versión patriarcal convencional, me paren la cosa más repugnante y asquerosa), como manual de instrucciones de la explotación y dominación del cuerpo femenino Y yo, llevo un largo sábado pensando en esto.    




viernes, 6 de marzo de 2020

Existen muchas perversiones en el lenguaje político contemporáneo, las mismas que en e lenguaje a secas y que nos toleramos frívolamente para sobrellevarlas. Pero hay una que especialmente me irrita y me convierte en una bestia rubia vengadora, de un carácter terrible. La apología de los hombres libres, esa penosa fórmula de las sociedades capitalistas es una sórdida mentira para autoengañarse, autocomplacerse y cegarse ante la decadencia. Los autoproclamados hombres libres son los sujetos  narcisistas, que mis ojitos hayan visto, más sometidos a la realidad, a los chantajes del poder, al miedo a la libertad del otro, y me repugnan: su repulsión a dudar, su desidia en el pensar, su frenética hiperactividad, su odio a la soledad, su histeria perpetua ante las cosas más banales, la entrega al fetichismo de las certezas ideológicas, su fe en religiones políticas, su penosa manía sacrificial, su renuncia a la vida, a tomarla seriamente, su incontinencia verbal... Son los que han negociado con la vida (esta vida de mercado) al modo más sucio y obsceno, no sólo, como decía, sacrificando y renunciando a sus deseos y pasiones, sino sacrificando y castigando a otros cuerpos y vidas por no hacerlo. Hay días que cuesta levantarse por la mañana, hay días, que cuesta hasta hablar.

miércoles, 4 de marzo de 2020

coronavirus 2

Creo que ayer por la noche, al escribir sobre el coronavirus me dejé algo importante. El virus, que es un síntoma más de la crisis de nuestra subjetividad política pero no la causa, expresa algo más sobre nuestra concepción de la naturaleza y su injerencia en lo político. He comprobado directamente los efectos del miedo en los cuerpos de algunos hombres cercanos, y es insólito, porque aún aceptando que los medios de desinformación de masas hipertrofian e hiperbolizan la realidad, ellos siguen creyendo en esa ficción pandémica, asesina e imparable del virus. Aún sabiendo que se funda en la mentira constitutiva de todo miedo, mantienen la fe, y las paranoicas prácticas que se derivan de la fe y sus ritos, y las liturgias que lo dotan de sentido y prestigio (promoción) social. Actúan conscientemente como si estuvieran frente a una enfermedad letal de consecuencias sociales apocalípticas. Y creo que es una de las metáforas más del miedo político, sobre todo cuando el objeto del miedo es algo procedente de la naturaleza, que percibimos como externo, ajeno e independiente a nosotros, como algo misterioso e insondable, además de invisible e intangible, sin morfología reconocible por los sentidos, tiene el carácter terrorífico de las prestes que borraron a poblaciones enteras de la memoria. Y es que el pánico global, que no es una abstracción, se encarna en el cuerpo tembloroso de los más ignorantes y cobardones; estos individuos proyectan en la situación (el mundo social y civil) sus miedos y fantasías repudiadas, sus temores reprimidos, que por fin pueden liberarse y exhibirse sin la represión que el orden cultural impone, sin el pudor ni la culpa que correspondería de permanecer en la reclusión psicológica habitual. Encuentran un modo fácil y alucinado de escape. Proyectan sobre el todo social sus patológicas perturbaciones que no son sólo de índole íntima o traumática, sino de acontecimientos y experiencias políticas, brutales y agresivas, que no han sabido, ni podido, intelectualizar o racionalizar; o simplemente ni historizar, ni simbolizar. El pánico global legitima su enloquecimiento, justifica sus obsesiones, su impunidad e irresponsabilidad, su irracionalidad, y su necedad. Que el coronavirus sea el escenario perfecto para proyectar las perturbadoras sombras chinescas del alma personal y colectiva, demuestra una vez la radical alienación y extrañamiento del mundo político respecto a nosotros. La recepción política del coronavirus es el síntoma de una falta, de una desaparición, de una ausencia no reparada, pero no irreparable.    

martes, 3 de marzo de 2020

coronavirus

Las interminables y bochornosas horas dedicadas a la escenificación del pánico con la exposición mediática del coronavirus son el ejemplo más evidente de las políticas del miedo. Un ensayo sencillo de cómo los distintos regímenes políticos dominan a la perfección la técnica del miedo como forma de control, y excusa disciplinaria. ¿No será que el coronavirus, el objeto de ese miedo, es el abismo y quiebra de nuestra propia subjetividad política?

lunes, 2 de marzo de 2020

escribe Onfray

Esta tarde he empezado el libro de Michel Onfray Política del rebelde, y en la página 45 escribe algo en lo que yo llevo ya casi un año obsesionado: "(...) la genealogía del arte político posterior a Auschwitz (...) expresa el deseo y la necesidad de no convertir la experiencia del campo de concentración de ayer en un objeto de reciclaje onanista para los aficionados a la teología negativa o la teodicea negra, sino en ocasión de pensar todas las formas concentracionarias posteriores a la liberación de los campos nazis, por doquier, incluidas las catedrales de dolor que son las fábricas, las empresas y otros lugares organizados y gestionados por el capitalismo. No me habría atrevido a esta aproximación si el propio Antelme no me hubiera proporcionado la fórmula."

domingo, 1 de marzo de 2020

A veces me imagino de niño, con esos ojos inciertos, era un niño sencillo, y me gusta conservar esa sencillez. Y quiero decir esto con esa misma mirada, desde abajo y apuntando arriba, como cuando miraba el mundo ajetreado de los mayores, que parecía maravilloso. Hay hombres que no soportan la libertad de las demás expresiones del deseo, especialmente la libertad y deseo de las mujeres, o cualquier otra que ponga en peligro su tórrida masculinidad. Son los mismos que consideran que el placer anal es cosa de maricones, la intimidad es un trámite patológico, o que la vida es una competición. Cuanto más libres las ven más sumisas las desean y todavía aumenta más el anhelo de humillarlas, y poseerlas para marcarlas como bueyes con la culpa y la vergüenza. En un tiempo utópico llegaría un momento de grandeza y bella libertad que conduzca, como en las verdaderas revoluciones, directamente al tiranicidio; porque claro, si este no llegara, permanecería el liberticida.

Limpia y cruel

 Del documental televisivo " El mito Deneuve". Catherine habla de su personaje Alice: 《El gran problema de Alice es que no es redo...