jueves, 2 de diciembre de 2021

Valentí Puig escribe en sus diarios que una vez hemos descubierto nuestros propios límites y reflexionado sobre ellos uno no se debilita ni decae, por el contrario madura, crece y consigue una matizada sabiduría, en la contemplación se vuelve un hombre mucho más sabio que antes. Creo que tiene que ver con el amor propio de los conservadores realistas, o una conciencia lúcida de sí mismos, o una falsa modestia que oculta una vanidad arrolladora. Para mí, empezar a descubrir los límites es como contemplar el muñón del miembro amputado, o convivir con el brazo o alguna pierna atrofiada e inutilizada, sin poder apartar la mirada del vacío, sometiendo el recuerdo de lo arrebatado a la frustración. Soy joven, no ese hombre maduro que ha aceptado el paso lento de la decadencia, y no encuentro en esos límites ningún tipo de sabiduría que valga le pena experimentar pronto. Sencillamente me recuerda que he perdido algo en la vida por lo que tendré que buscar desdichadamente un remplazo o un estéril repuesto. Asumir que la muerte es el precio que se paga por haber vivido sólo puede hacerse unos minutos antes del final. 

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 Comprobando el aburrimiento que produce el exceso de diversión y la vulgaridad de cierto refinamiento.