Escribe Simon Leys, en la Felicidad de los pececillos:
"La belleza llama a la catástrofe del mismo modo que los campanarios atraen el rayo. La administración de servicios públicos que hace pasar una autopista por en medio de Stonehenge, o una vía férrea a través de las ruinas de Villers-la-Ville, el monje que le prende fuego al Kinkakuji, el municipio que transforma la iglesia abacial de Cluny en una cantera de piedras, el energúmeno que lanza un bote de pintura acrílica al último autorretrato de Rembrandt, o el que ataca con un martillo la madona de Miguel Ángel, obedecen todos ellos, sin saberlo, a una misma pulsión.
Un día, hace ya tiempo, un pequeño percance me hizo intuirlo. Estaba escribiendo en un café; como a muchos perezosos, me gusta sentir la animación en torno a mí cuando se supone que trabajo, lo que me produce una ilusión de actividad. Por eso el ruido de las conversaciones no me molestaba, ni siquiera la radio que bramaba en un rincón; había vomitado ininterrumpidamente durante toda la mañana melodías de moda, cotizaciones de Bolsa, música de fondo, resultados deportivos, una charla sobre la fiebre aftosa de los bovinos, de nuevo melodías, y todo ese batiburrilo auditivo manaba como agua caliente que se escapa de un grifo mal cerrado. ¡De pronto, milagro! Por una razón inexplicable, esta vulgar rutina radiofónica dio paso sin solución de continuidad a una música sublime: los primeros compases del quinteto para clarinete de Mozart se enseñorearon de nuestro pequeño espacio con serena autoridad, transformando ese café en una antesala del Paraíso. Pero no se puede decir que los otros clientes, ocupados hasta ese momento en charlar, jugar a las cartas o leer la prensa, fuesen sordos: al oír aquellos acentos celestiales, se miraron estupefactos. Pero su desazón no duró más de unos segundos: para alivio de todos, se levantó resueltamente uno de ellos, fue a girar el mando de la radio y cambió de emisora, restableciendo así una oleada de ruido más familiar y tranquilizador, que cada uno pudo ignorar de nuevo tranquilamente.
En ese momento se me impuso una evidencia que no me ha abandonado jamás desde entonces: los verdaderos filisteos no son una gente incapaz de reconocer la belleza, pues claro que la reconocen y muy bien, la detectan al instante, y con un olfato tan infalible como el del esteta más sutil, pero es para poder caer inmediatamente sobre ella con el fin de ahogarla antes de que pueda entrar en su universal imperio de fealdad. Pues la ignorancia, el oscurantismo, el mal gusto o la estupidez no son fruto de simples carencias, sino de otras tantas fuerzas activas, que se afirman furiosamente a la menor oportunidad, y no toleran ninguna excepción a su tiranía. El talento inspirado siempre es un insulto a la mediocridad. Y si esto es cierto en el orden estético, aún lo es más en el moral. Más que la belleza artística, la belleza moral parece tener el don de exasperar a nuestra triste especie. La necesidad de rebajarlo todo a nuestro miserable nivel, de mancillar, burlarse y degradar todo cuanto nos domina por su esplendor es probablemente uno de los rasgos más desoladores de la naturaleza humana."
viernes, 31 de enero de 2020
jueves, 30 de enero de 2020
Chicho
Voy pasando algunas tardes. Obsesionado con las generaciones perdidas, con las vidas quebradas (que pueden ser la mía propia y la de muchos amigos) por los caprichos del capital y sus ciclos sistemáticos de desarrollo y graves depresiones económicas que fabrican, previa destrucción de la memoria, brutalmente nuevos mundos ideológicos y simbólicos de exclusión, marginación, humillación y explotación. Y lo peor, el irreparable secuestro, apropiación y expropiación del tiempo, la organización del tiempo y la vida en función de, primero, el régimen escolar y universitario, y segundo, el régimen del trabajo y el (neg)ocio, entregados por completo a las despóticas necesidades de una hipersociedad de consumo y ostentación. Y claro, yo no soy muy de llorar ni de victimizarme, ni arrastrarme, ni de mover la cabeza afirmativamente ante lo bochornoso, así que aprendo a habitar la soledad y me entretengo con distintos lenguajes artísticos, que cuanto mayor nivel de abstracción tengan mejor: música, cine, literatura. Hoy bajo a la tierra, y me enfango con los que reproducen y engloban todo un mundo de afinidades meramente estéticas y morales, de materiales políticos patéticos (trágicos), pero enorme poder evocador. Escucho casi en bucle, a Chicho Sánchez Ferlosio:
miércoles, 29 de enero de 2020
Ellos
Sería falso decir, y una burda provocación, que algunos hemos elegido ser los enemigos del nacionalismo, ya que más bien, y desoyendo la calumnia y la amenaza para la vida, nos han elegido ellos con dardos y dianas a nosotros. Así debería decírselo más a menudo a los amigos que viven algo puteados, acomplejados y avergonzados ante los nacionalistas: "queridos amigos no sois vosotros, son ellos el sujeto de la vergüenza, son ellos los legitimadores del espíritu de la verduguería, insosteniblemente tolerada y normalizada". No hay que achantarse jamás. La subversiva crítica a toda forma lánguida y mórbida de nacionalismo y su largo letargo, es algo más que una cuestión de oposición éticopolítica, es casi una necesidad física, de incomodidad y profundo desagrado físico, ¡sólo pensar en lo molesto que debe ser acercarse al cuerpo y sacristía Junqueras! Son exactamente ellos: el principal material de mi indignación y odio y venganza y aburrimiento y tedio y en ocasiones tiempo vacío y mi entretenimiento y evasión y lucha y desprecio y no quiero que lo sean todo. Ni los terroristas, ni las ánimas asesinas de la inocencia vasca, ni el racismo catalanista, ni el nacionalcatolicismo español autoritario, ni la brutalidad y arbitrariedad patriótica del Estado y los corruptos gobiernos, ni el pueblo cómplice de toda esa basura repugnante, ni la tartufería y cobardía de la intelectualidad, pueden romper nuestro orgullo independiente, la fisiología de nuestra ironía, nuestra risa blasfema, o como dice V, la arrogancia de la juventud. Es un ejercicio verdaderamente tonificante y gratificante que mi mera existencia, y la de los yoes comunes, les suponga una terrible ofensa, una horrorosa, masiva e insoportable ofensa.
lunes, 27 de enero de 2020
Evocaciones
Recordando la tarde en el río:
"El caso de un hombre que bebiendo cerveza tibia andaba con sus ligeros tejanos cortos y ajados los pies descalzos y un libro difícil entre las manos por un río de agua helada bajo dulces nubes de algodón rotas por el sol cuyos blancos rayos atravesados iluminaban el pedazo de tierra ingrávida donde tumbado en las calurosas tardes de verano sobre un campo de hierba fresca recién segada tarareaba por extrañas alegrías y divertimentos vanos con los labios finos chicos y pegados canciones de amor y guerra hasta que un día de mañana se quiso rey y luego mendigo cuando le miró un perro de las esquinas del pueblo perdido por el río con ojos hinchados de rojo y enfermos de hambre metáfora perfecta pensó de su triste situación aliviada después por el recuerdo de la hermosa chica de ojos negros y vacíos sentada paciente y tierna en la roca del rio que le daba tanto placer verla y reconocer unos nuevos y vivos ojos y no pudo más si esos ojos no eran suyos y caída la noche se autoconfesó harto e hinchado de tanto viento: ellos me miran, confiados, y creen que existo."
"El caso de un hombre que bebiendo cerveza tibia andaba con sus ligeros tejanos cortos y ajados los pies descalzos y un libro difícil entre las manos por un río de agua helada bajo dulces nubes de algodón rotas por el sol cuyos blancos rayos atravesados iluminaban el pedazo de tierra ingrávida donde tumbado en las calurosas tardes de verano sobre un campo de hierba fresca recién segada tarareaba por extrañas alegrías y divertimentos vanos con los labios finos chicos y pegados canciones de amor y guerra hasta que un día de mañana se quiso rey y luego mendigo cuando le miró un perro de las esquinas del pueblo perdido por el río con ojos hinchados de rojo y enfermos de hambre metáfora perfecta pensó de su triste situación aliviada después por el recuerdo de la hermosa chica de ojos negros y vacíos sentada paciente y tierna en la roca del rio que le daba tanto placer verla y reconocer unos nuevos y vivos ojos y no pudo más si esos ojos no eran suyos y caída la noche se autoconfesó harto e hinchado de tanto viento: ellos me miran, confiados, y creen que existo."
viernes, 24 de enero de 2020
Y el estupor no desaparece, de hecho nunca debería haber desaparecido del cuerpo y la memoria de los hombres, cuya misma continuidad ante la tragedia y la indiferencia del crimen dan muestra de la magnitud del horror. Sobre esto me ha venido un fugaz pensamiento. Lo que nunca significó una revelación paralizante para la vida fue el descubrimiento de la muerte, ni la condición de mortalidad (que siempre es la muerte ajena, otro asunto inabarcable e indecible es la propia muerte), ni la caducidad de las pasiones ni el desencanto del mundo. Ni siquiera cuando me enteré, algo que puede perturbar a muchos, de que los hombres se matan, unos matan a otros cruelmente, sádicamente y sin remordimientos, e incluso que unos mueren por otros, en sustitución de otros, voluntariamente o no, ni siquiera eso significó mucho. Cada día al despertarme, en estos días fríos, me encuentro con el rocío de la mañana pegado al cristal de la ventana, es sorprendente ver los caminos que abren las gotas más gruesas vencidas por su peso, hinchadas por el sol, caen y reposan hasta el alféizar. Los caminos dejan pasar pequeños y limpios rayos de luz, en perfecta sintonía con el cielo y la hora, pronto se calienta el cristal y derrite las gotas; la perfecta claridad y transparencia. Tiemblo, iluminado, y es el último reducto de estupidez y maldad de las razones por las que se mata y se muere lo que me suponen un obsceno y terrible misterio. Crece, aparece el estupor.
miércoles, 22 de enero de 2020
martes, 21 de enero de 2020
Un saber para la vida
Esta gran disyuntiva que plantea Esperanza Aguirre para la vida, un saber para la vida: o multita o bronquita. Y la infecta tenía razón cuando les advertía así a unos agentes de movilidad madrileños: o la culpa o el castigo, o el precio a pagar por la vida o la retórica impuesta como ideología, o la libertad o la vergüenza, o la libertad o dios, o la bolsa o la vida.
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